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Tránsito de Nuestro Seráfico Padre

Tránsito de Nuestro Seráfico Padre
San Francisco de Asís
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jueves, 28 de enero de 2010

Poema Franciscano de Navidad

Por fin ya se ha cumplido
aquello de Isaías:
anunciando al Mesías:
¡la nueva creación!
Huyeron ya del mundo
el mal y la aspereza;
todo es gracia y belleza,
¡una gran bendición!

Y es que en limpia azucena
un capullo escogido
el tronco ha florecido:
es Jesús Salvador.
Esperado por siglos
llegó todo ternura,
suavidad y hermosura:
¡el Reino del Amor!

¡Qué extraño que haya gozo
que el universo cante
a la luz desbordante
lleno de admiración!
¡Y que ya el hombre nuevo
pueda ver extasiado
al Niño que ha colmado
de paz el corazón!.
Sor Mª Teresa de la Inmaculada 

Poema A Un Fraile Franciscano

Poema A Un Fraile Franciscano, En Agradecimiento De Una Caja De Jalea de Luis de Gongora



Gracias os quiero dar sin cumplimiento,
Dulce fray Diego, por la dulce caja;
Tal sea el ataúd de mi mortaja,
Y de mis guerras tal el instrumento.
Consagrad, Musas, hoy vuestro talento
A la monja que almíbar tal le baja,
Pues quien acabar suele en una paja
Sella ahora el estómago contento.
Cualquier regalo de durazno o pera
Acoto suyo, si podrá un amigo
Escotar un discípulo de Scoto.
Confieso que de sangre entendí que era
Cámara aquella, y si lo fue, yo digo
Que servidor seáis, y no devoto.

Poema: Fraternidad

Hermano de todas las criaturas por sentimiento natural, por amor a Cristo se hizo aún más hermano de los hombres, que el Creador formó a imagen suya". 2Celano, 172


Francisco sabe ver 
a Cristo transparente en cada cosa.
Le descubre emboscado
en la calamidad que desfigura
la belleza del hombre.
Desvela cómo Cristo 
pone el milagro de sus dedos
en la piel desvalida del mendigo,
en la torpeza inmadura del bobo,
en los ojos opacos, deslucidos, del ciego,
en la mano tullida del anciano, 
en la dudosa senda que maltratan
las pisadas dudosas
del cojo. Está Jesús 
donde duele la fe, 
donde reclama venda y atenciones 
la herida desatenta 
del hombre, donde sangran todavía
las huellas de unos clavos
en la densa madera de la cruz,
sombra oscura del hombre.


Quien atiende la llaga desabrida
del hombre, está sin duda restañando
las sangrantes de Cristo, arrodillado
ante la luz de Dios, mientras despliega
por los frisos del aire
el iris aromado de la paz,
pardas alondras de apaciguamiento. 
Porque Jesús está
donde le duele la fe
y el corazón del hombre..
San Francisco llama hermanas a todas las criaturas.

Poema: Mi Dios y mi todo



Ser todo en otro para que otro sea
todo en ti, qué amapola,
qué estallido de sangre
en un trigal que no conoce orillas.


Señor, yo no quisiera
esconder en palabras excelentes
la tibieza de estar en la mediana
de este vaivén irresoluto 
de no ser siempre tuyo, sólo a trechos
latiéndote en mi sangre,
viviéndote en mi pecho.


Quiero estar todo en ti.
Quiero obtener a pulso,
quiero labrar a pico, con mis mismas
manos, encallecidas 
de tanto herir tus sentimientos,
un luga merecido en ese ojal
de fuego, 
en ese grito
de callado dolor, en esa llaga
que enciende enardecida tu costado, 
amoratado como un ascua muerto.
Enséñame a ser tuyo tercamente,
Sé todo para mí, mi Dios y mi todo,
tú también, te lo ruego.


Poema: La Perfecta alegría



El pausado silencio de la nieve
pone tal seriedad en el paisaje,
que los pocos gorriones que se atreven
a volar, enmudecen.
Están, pero no son. La vida duerme.
Duerme la sabia del almendro
soñando flores blancas, otra nieve
llena de luz:
duerme igualmente el río tiritando,
que apenas se desliza.

Francisco y un hermano que ha dejado
su nombre en el convento,
huellan la nieve, entumecidos
de frío. ¿Adonde van? ¿En qué convento
hallarán una puerta que no tapie
su paz contra el invierno?

- Hermano, si llamamos a deshora
y nos rechaza, incomodado,
la voz airada del guardián, entonces
es el momento de vivir alegres
el don de adivinar la luz de Cristo
en nuestra adversidad y el sufrimiento.

Sufrir contrariedad y que nos muestren
su cara descompuesta los reveses
más impensados,
si nos bendice con su mano herida
Cristo Jesús, ya está cubriendo
con su calor nuestra indigencia
la perfecta alegría.

POEMA Vuelve Hermano Francisco

Buen hermano Francisco: recoge nuevamente tu cayado 
Y tu sayal de trinos y la doble humildad de tus sandalias; 
Deja tu claro sueño de luceros y de gajos de luz 
Y de mansos crepúsculos disueltos en albercas de nácar; 
Abandona tu gota de infinito, tu principio de Dios, tu epifanía 
De silencios que suben al cordaje beatífico del Arpa; 
Olvida que tus pies ya descansaron en el primer remanso de la aurora 
Y que tu corazón se hundió en la Gloria desnudo como un ancla; 
Renuncia a tus angélicas visiones, a tu coro triunfal sobre la muerte, 
A tu aleluya de varón ungido, a tu laurel curvado sobre el alba, 
Y regresa a la tierra que ya el odio nos ciega los caminos 
Y la sórdida arcilla, triunfa sobre las timideces de la Gracia. 

Desde que te marchaste de la sangre con tu pobreza al hombro 
Como llevando hacia la altura la voz elemental de una campana, 
Y tus brazos cayeron como briznas de lumbre en el torrente de los siglos 
Y naufragó en tus ojos el aceite para encender el ruego de las lámparas, 
La humanidad se fue volviendo pétrea y los gritos crecieron 
Y el orgulloso barro de los hombres se rebeló contra su propia causa. 
Tu Evangelio de Amor rodó en el polvo. 
Y ya el lobo de Gubbio Destroza la canción entre sus fauces y la humana justicia entre sus garras. 
Desde que te alejaste por un camino solitario de la Umbría 
Que empezó en tu silencio y al besarte los pies se volvió escala, 
El mundo enloquecido de soberbia, sin fe, sin dignidad, sin ideales, Asesinó su propio corazón. 
Y ahora busca matar su última esperanza. 

Con un rencor diabólico que estremece las sombras del averno, 
El hombre cambió el brillo del espíritu por el mortal fulgor de las espadas. 
Se premia la calumnia. 
La virtud se escarnece.
Agoniza el Derecho. 
Y la palabra convertida en tea incinera el Sermón de la Montaña. 
Las naciones se odian y se acechan. 
Los sabios aúllan como los chacales 
Y el electrón se escapa de sus órbitas y la Energía es una flor de llamas. 
Oriente y Occidente son ya dos alaridos de pólvora y de técnica 
Que calculan la hora y el minuto de transformar la tierra en una lágrima. 

El pálido sudario de la Estepa se regó por la piel de las ciudades
Y por los ojos de los niños húngaros barridos a la luz por la metralla. 
El Viejo Continente se derrumba carcomido por el tedio. 
Se agrietan sus castillos 
Y callan los romances y los lieder y las nórdicas sagas. 
Rocinante cabalga en Don Quijote. 
No obedecen al viento las Molinos 
Y del gentil y escuálido manchego sólo queda la punta de su lanza. 

De dolor a dolor, de envidia a envidia, de egoísmo a egoísmo. 
Sólo se escucha la canción del oro y la burda ambición de Sancho Panza. 
El pincel y el escoplo claudicaron. 
No hay altura en el verso Y una clave de sombras remachamos a la clave del sol del pentagrama. 
Los barcos olvidaron su tesoro de sándalo y resinas y abalorios de Chipre 
Y de redes tejidas en Bombay y de lunas con ron de Samarkanda. 
En sus vientres de acero va comprimido el hongo apocalíptico 
Y la muerte está lista a lucirlo en su trágica solapa. 
Tu cielo de eremita, en el que viste madurar los trinos y disolverse el Ángelus 
Y bañarse el humilde campanario que sostenía a Dios en su espadaña, 
Ya se llenó de pájaros sin música, de lobos voladores que destrozan 
La transparencia del azul y la huella que deja la plegaria. 

Irresponsablemente, dinamitando nuestro pequeño grano de alegría, 
Prostituimos la Belleza y cercamos de horrores el Reino de la Infancia. 
Ya la inocencia está sin Pulgarcito, sin Blanca Nieves, sin la Cenicienta, 
Sin la canción de cuna que se arrugó en los labios de una abuela lejana. 
Do vivir entre el odio y ver tumbas abiertas al pie de los trigales, 
Los niños han crecido con la sonrisa muerta y los juguetes rotos en el alma. 
Ya Pinocho no salta ni brinca el Caballito de los Siete Colores. 
Fusilamos las Hadas. Don Torcuato no rema y se apagó la voz de Scherezada. 
¡Pobres niños ya viejos. Niños de muecas trágicas que bajo las banderas 
Van llevando en silencio una inocencia triste que floreció con canas! 
Hasta el trópico virgen, donde la luz es una fruta que ríe en la sandía 
Y se vuelve rubor en los cafetos y algodones do miel en la guanábana, 
Se ha convertido en suelo de tragedia, en epicentro de pavor, en torbellino 
De siniestras pasiones que hacen sangrar la tierra americana. 

Vuelve, hermano Francisco. 
Dile a Dios que te preste nuevamente 
Tu rústico cayado y el pergamino de tu piel y tu voz de fontana 
Y los sarmientos secos de tus brazos y tu sayal que remendaba el cielo 
Y el manso corazón que te latía, más que al fondo del pecho, en las sandalias, 
Y regresa a Colombia que en la sangrienta rosa de sus vientos 
El odio echa raíces como el yarumo anciano y está la Caridad crucificada 
Cuando te despediste de la carne y el sueño te cubrió de golondrinas, 

Colombia no existía. 
Era un gajo de sol, una rueca de ríos, un puñado de savia. 
Pero Tres Carabelas rompieron con sus quillas los diques del asombro 
Y en un alumbramiento de olas y huracanes se levantó la Patria. 
Y un pueblo campesino se inclinó sobre el surco y bendijo la siembra 
Y hubo hermandad y fe y un tiple con canciones y un corazón de agua. 
Y los ríos bajaron desde el monte con orquídeas y trinos y frescura de helecho 
Y el saludo fue simple y tuvo el pan su buena levadura y su oración el alma. 

Pero empezaron la pasión y el dolor a distanciar la sangre de la sangre 
Y los ojos volviéronse relámpagos y calvarios humildes las palabras. 
Y una tierra de paz que tuvo espigas y música y luceros para el rancho, 
Se hundió en la noche como un lobo hambriento con la misericordia entre las garras. 
Y ya el rancho maldice los palacios y en los palacios se desprecia al rancho. 
La sangre del obrero es dinamita.
La del patrón soberbia congelada. Los hijos desconfían de sus padres. 
La tarde del viajero. La espina de la rosa. 
Y las madres se arrugan de dar a luz la noche en sus entrañas. 
El pan de los labriegos tiene mis cicatrices que la corteza de los sietecueros. 
Los tiples olvidaron sus bambucos. Sus metales de fiesta las campanas. 
Los jueces prevarican. Se compran y se venden las conciencias. 
Y en el pesebre de los niños pobres la Estrella de Belén está apagada. 
Por ciudades y pueblos va de overol un río de protestas 
Y estallan como bombas la humilde gota de sudor y la rubia burbuja de champaña. 
El perdón ya no existe. 
La Caridad se muere. 
La oración se fatiga. 
Y regamos de pólvora el camino que lleva hacia las Bienaventuranzas. 

Vuelve, hermano Francisco. 
Antioquia te lo pide con sus maizales de rodillas, 
Con su arriador que es casi franciscano y con el corazón de sus montañas. 
Y te lo pide el Cauca con sus piedras dormidas en la gloria 
Como lebreles que custodian los rancios abolengos de su heráldica. 
Y te lo pide el Valle con su caricia de palmeras y con su voz de azúcar 
Y con su río de romance y con su brisa aprendiz de colegiala. 
Te lo ruega el Tolima con su abanico de arrozales y su forma de tiple 
Y su nevado atalayando "bundes" y sus caminos de herradura al pentagrama. 
Te lo pide Nariño con tu cordón ceñido a su paciencia y mansedumbre 
Y con sus Padrenuestros virreinales donde la voz de Dios anda descalza. 
Te lo implora, el Atlántico desde su azul ventana de veleros. 
Con su oración de arena y la estrella de mar en su esperanza. 
Y Bolívar cuidando sus castillos y la muleta de Don Blas de Lezo 
Y la insignificante clavellina que si creciera más fuera plegaria. 
Te lo suplica el Huila con sus calles hundidas en la Historia 
Y con los ojos que elevan sus mujeres para encenderle al firmamento lámparas. 
Y te lo pide el Magdalena con la oración del Padre de la angustia 
Y con su bahía donde hacen voto de pobreza los luceros y las algas. 
Y los dos Santanderes que son dos charreteras en la guerrera de Colombia 
Y cuyas voces tienen perfil de himno y relieve sonoro de medalla. 
Te lo ruega el Chocó con el San Juan temblando entre sus redes 
Y el platino rezando los contrastes de su piel con la piel de la nostalgia. 
Y Boyacá la de las grandes soledades, la que tiene su sangre en romería, 
La que escribió la Libertad a pulso en su humilde cartilla de esmeralda. 
Te lo suplica la Guajira con su brazo agitando el pañuelo del Atlántico 
Y con el norte de la angustia dormido como un lebrel en su garganta. 
Y con su Salto despeinado sobre las barbas de Bochica y su Capitolio sin paz 
Y su Monserrate custodiando el sueño de los mártires, te lo pide también Cundinamarca. 
Y te lo pide Caldas con sus cafetos en flor y con sus "chapoleras" 
Y con su corazón de cíclope que cambia por milagros la esperanza. 
Te lo ruegan los Llanos con su leyenda de vorágines y de caminos sin regreso 
Y de cielos sin término y de huracanes al galope sobre la piel de las potrancas. 

Vuelve, hermano Francisco. 
Vuelve a enseñarnos tu PLEGARIA SIMPLE. 
Que el caramillo de tu voz se escuche nuevamente en la Patria. 
Vuelve a hablarnos de paz y de perdón y de justicia y de alegría 
Y de hermandad y comprensión y de luceros que ruegan como las hojas en el agua. 
Dinos, como en la Umbría, que el hombre necesita amar al prójimo 
Y sembrar sus silencios y sus voces como si fueran granos de mostaza. 
Y si del otro lado de la carne ya no es posible tu regreso, 
Deja caer sobre esta pobre tierra la doble caridad de tus sandalias.

Es una poesia del poeta colombiano Jorge Robledo Ortiz 

Poemas Franciscanos

sábado, 2 de enero de 2010

Poema: Los Motivos del Lobo

POEMA

LOS MOSTIVOS DEL LOBO
(Rubén Darío)




Los motivos del lobo
El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.







Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: «¡Paz, hermano
lobo!» El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: «!Está bien, hermano Francisco!»
«¡Cómo!» exclamó el santo. «¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?»



Y el gran lobo, humilde: «¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces... comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!»

Francisco responde: "En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!"




«Esta bien, hermano Francisco de Asís.»
«Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.»
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: «He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.» «¡Así sea!»,
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.

Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.

Otra vez sintiose el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.

«En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote» dijo, «¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.»

Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:

«Hermano Francisco, no te acerques mucho...
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.»

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: «Padre nuestro, que estás en los cielos...

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